Supere la gula: tres razones por las que come de más

Casi todos, al menos de vez en cuando, recurren a la comida por alguna razón ajena a estar hambriento. Reconocer qué lo incita a comer cuando su cuerpo no necesita nutrición puede explicar el desconcierto del por qué la báscula no se mueve y baja de peso. Examínese rigurosamente y sus hábitos alimenticios para ver si alguna de estas razones revela porque no ha podido adelgazar.

1) Sus emociones están a flor de piel

En lugar de lidiar con los perturbadores sentimientos de ira, tristeza, estrés, aburrimiento o soledad, muchos recurren a la comida. El comer como anestesia emocional constituye el 75%  de la ingesta en exceso y de los  fracasos al seguir dietas para adelgazar, según la Clínica Cleveland y sus estudios de nutrición. Cuando usamos la comida para consolarnos a costa de nuestro detrimento, es momento de enfrentar el lado emocional de la gula, asegura la psicoterapeuta y especialista en nutrición deportiva Lisa Dorfman, quien además funge como profesora de la Uniaversidad de Miami

Qué puede hacer: “simplemente estar consciente de cuáles emociones le incitan a comer de más le ayudará a parar”, agrega. Trate de llevar un diario de comidas para determinar qué sentimientos lo acompañan a la despensa. Una vez que note un patrón de conducta, como tomar dulces para aliviar el estrés o  los alimentos que le provocan nostalgia como los fideos de la Tía Ana que hacen que añore a la familia que vive lejos, tendrá la oportunidad de responder a esos sentimientos con otra cosa que no sea comida. Pruebe jugar con su perro, tejer o llamar a un amigo. Al encontrar una salida positiva a sus emociones negativas, no solo evitará los obstáculos para adelgazar, sino que también realizará algo bueno.

2) Sus malos hábitos dominan su vida

Abre el refrigerador cada vez que entra a la cocina. Come todo el día y casi nunca se sienta a la mesa para comer. Deja limpio el plato. Coge una bolsa de papitas para ver su programa favorito en la tele. Cuando se trata de comida, las malas conductas pueden llevarlo a arriesgar la vida en el peor de los casos o al menos resultar devastador para a su guardarropa. 

Qué puede hacer: identifique los hábitos que sabotean su dieta al analizar su diario de comidas. Una vez  determinadas las situaciones, horas del día o desencadenantes que le incitan a comer sin dares cuenta, puede dedicarse a destruir las conexiones entre esos factores desencadenantes y los alimentos que consume.
Prepárese de antemano: en vez de acudir regularmente a la máquina expendedora del trabajo por un refrigerio a media mañana, traiga unas galletitas integrales de bajas calorías o una manzana.
Establezca reglas: superar la gula significa no comer mientras ve televisión.
Fíjese: no pique mientas cocina ni siga masticando luego de terminada la comida llevándose a la boca “las sobras” de lo que quedó en las ollas.
Cambie la decoración: esa bombonera luce hermosa en la mesita de la sala, pero le cuesta 400 calorías al día cuando está llena de caramelos.

3) Ya se resignó a tener sobrepeso.

Inició una dieta, la paró, la retomó y la volvió a parar y parece no poder adelgazar. ¿Para qué molestarse?, piensa. Creer que sea inútil continuar puede ser nocivo, porque renunciar a perder kilos con frecuencia significa subirlos. Mantener un peso estable, hasta uno demasiado alto, requiere esfuerzo en la mayoría de la gente. Mientras mayor sea la desviación de nuestro peso ideal, peores serán las consecuencias para la salud, la autoestima o la motivación para retomar la decisión de adelgazar.

Qué puede hacer: sea realista y no pretenda bajar demasiado rápido. Lo que se llevó 10 años en acumular, no desaparecerá para la siguiente temporada de moda en las boutiques, si acaba de empezar hoy. Y tampoco crea que con eliminar las patatas fritas de una alimentación basada casi exclusivamente de comidas chatarras harán un gran impacto: no importa cuán doloroso sea el sacrificio. A veces una persona seriamente desilusionada necesita buscar ayuda profesional, de un experto en nutrición, cirujano o psicólogo, concluye Dorfman.